Ir a Árboles Quijotescos II

Proseguimos ahora nuestra narración y recorrido con los árboles de propiedades medicinales, siempre con los mejores guías: caballero y escudero, que conocieron bien aquellas nuestras tierras y los productos que de ella nacen.

Durante la lectura de esta obra se nos planteó la sospecha sobre si realmente Don Miguel de Cervantes era conocedor de los usos de las plantas medicinales. Un hecho resuelto con brevedad cuando, en la primera parte de Don Quijote, nos topamos con la interesante referencia a dos grandes obras de la botánica, de las que sin duda Cervantes era sabedor. La primera del médico griego Dioscórides, datada en el siglo I d. de C., titulada De Materia Medica y la segunda, basada en la anterior, referida al Doctor Andrés Laguna y a su magnífico libro Pedacio Dioscórides Anazarbeo, acerca de la Materia Medica Medicinal y de los Venenos Mortíferos (Amberes, 1566), publicado tan sólo 60 años antes y, probablemente, un libro disponible para unos pocos privilegiados. Dice Don Quijote al respecto:

… que cuantas yerbas describe Dioscórides, aunque fuera el ilustrado por el doctor Laguna.

 “Es un bálsamo -respondió don Quijote- de quien tengo la receta en la memoria, con el cual no hay que tener temor a la muerte, ni hay pensar morir de ferida alguna. Y así, cuando yo le haga y te le dé, no tienes más que hacer sino que, cuando vieres que en alguna batalla me han partido por medio del cuerpo…, como muchas veces suele acontecer…, bonitamente la parte del cuerpo que hubiere caído en el suelo…, y con mucha sutileza, antes que la sangre se vele…, la pondrás sobre la otra mitad que quedare en la silla, advirtiendo de encajallo igualmente y al justo. Luego me darás a beber solos dos tragos del bálsamo que he dicho, y verás me quedar más sano que una manzana.

El viejo Hidalgo tampoco deja pasar la oportunidad de hablar de los ingredientes de este brebaje que el mismo prepara:

… y procura que se me dé un poco de aceite, vino, sal y romero, para hacer el salutífero bálsamo, que en verdad que creo que lo he bien menester ahora, porque se me va mucha sangre de la herida…

Afortunado podía haber sido Don Quijote, que si bien el bálsamo, llamado de Fierabrás, no es evidentemente tan eficaz como afirma, si posee buenas propiedades desinfectantes, antihemorrágicas y, en especial, vulnerarias, esto es ,que ayuda a cicatrizar las heridas. Propiedades estas últimas que le vienen dadas por la presencia del romero (Rosmarinus officinalis L.), de buenísimas propiedades como señala el referido erudito Doctor Laguna:

Majadas las hojas de cada una de ellas, y aplicadas en forma de emplasto… mitigan las inflamaciones,…maduran los lamparones…” Reafirmando lo señalado nuestro amplio y sabio refranero popular, asegura simple y llanamente: “mala es la llaga que el romero no sana.

Sin embargo, el bálsamo, llamado de Fierabrás, no fue bien empleado, pues su uso es siempre de aplicación tópica. Y a pesar de ello, el ingenuo caballero lo ingiere provocando la inevitable expulsión de todo lo comido y medio digerido horas antes, que, si bien no era mucho, dada la naturaleza del personaje, alcanzó con tan mala fortuna las barbas del propio Sancho, para espanto de éste.

Inevitable ha sido el desliz, pues prometimos tratar en líneas precedentes, tan sólo historias de árboles; disculpará el lector, pues entenderá que la tentación ha sido grande y aún lo es; pero, advertida nuestra conciencia, retomamos la senda de las escasas especies arbóreas que se emplean en la novela como medicinales. Si bien, ninguna especie de árbol con estas propiedades es nombrada explícitamente, sino que se encuentran ocultas como ingredientes de algún compuesto. Y este es el caso de un término hoy casi en desuso y desconocido “bizma” o “bizmado”, que Cervantes cita en al menos nueve ocasiones. Palabra que el Diccionario de Autoridades (1726) califica de la siguiente manera:

Género de emplasto, que se pone en algún miembro del cuerpo, que está sentido, u débil, para confortarle, o apretarle.

Este ungüento de uso externo, que tantas veces reparó las numerosas dolencias de Don Quijote tras las soberanas palizas, golpes, tropiezos, caídas y todas las desventuras que se nos pudieran ocurrir. Se compone de estopa (Cannabis sativa L.), aguardiente, incienso, mirra y otros ingredientes menos definidos.

De estos componentes nos interesan hoy los dos conocidos árboles, casualmente de la misma familia -Burseraceae-, que han sido muy empleados en otras épocas como valiosas mercaderías. Comencemos por la mirra (Commiphora molmol Engl.), árbol utilizado desde antiguo como ingrediente de perfumes. Pero no fue este su único empleo, pues su resina presenta abundantes propiedades curativas entre las que destacaríamos las cualidades de ser antiséptica y vulneraria, motivo por el cual nuestro loco amigo y su grueso compañero se aplicaban este compuesto sobre sus múltiples descalabros. Al igual que en el caso anterior, la resina del incienso (Boswellia carterii Birdw.) fue muy apreciada como aromática, empleándose para purificar ambientes; pero dadas sus propiedades medicinales eficaces en la curación de heridas y magulladuras se requirió también como tónico y estimulante en varios preparados farmacéuticos. Y así, con este emplasto eran capaces de continuar su periplo por muchos y muy solemnes golpes que recibieran, fueron muchos y muy grandes…

Ir a Árboles Quijotescos IV

Texto publicado en la revista «La cultura del árbol» 2.007