Cogidos por sorpresa, aquí estamos otra vez metidos de lleno en los festejos navideños con la inesperada bofetada de festividad y jolgorio. Por aquello de mantener la tradición, el equipo de Herba Nova vuelve a enviar su felicitación navideña. Una postal virtual que desde hace cinco años da protagonismo a una planta relacionada con las navidades. Siguiendo la senda de las anteriores felicitaciones, reivindicaremos nuestro carácter mediterráneo. Por lo que en esta ocasión dedicaremos estas líneas a uno de nuestros árboles más emblemáticos: el alcornoque.

Como muchos sabrán, el alcornoque (Quercus suber), a pesar de su parecido con la encina, es relativamente fácil de reconocer gracias a su característica y gruesa corteza, productora del conocido corcho. Sin embargo, lo que no conoce tanta gente es su función protectora. ¿Qué agresión es tan severa que requiere de esta gruesa protección? ¡Pues nada menos que el fuego! Y es que hemos de tener en cuenta que los incendios son una perturbación característica del bosque mediterráneo. De hecho, aunque nos puede sorprender, la ausencia de incendios disminuirá su biodiversidad.

¡El fuego es vida! ¡Fascinante!, pero eso es otra historia…

Así que no nos despistemos de nuestro objetivo, y volvamos a las celebraciones navideñas. Lo que seguro que no esperaba el distinguido alcornoque es que su preciada protección sería empleada por el hombre para los usos más variopintos en adornos navideños. Su empleo en cachivaches, bártulos, utensilios y ornatos festivos de dudoso gusto y nula utilidad es relativamente común en los hogares que visitaremos durante estas fechas. No son pocos los que en un extraño alarde de creatividad fabricarán con sumo orgullo horrendos portales de Belén con este noble material. Y así podemos ver como atemorizados se acercan día a día las figuritas de los Reyes Magos a lo que más parece una mansión embrujada que el hogar del niño Jesús. En tan tétrica estampa, los camellos parecen querer eludir la horrenda edificación, a la par que los pastorcillos apoderados por el pánico quisieran desertar de sus funciones y huir despavoridos de la lúgubre casucha alicatada de corcho por el interior y cubierta con pésimo acierto de la misma materia por el exterior. Momento en el que nos viene a la mente la cualidad de gran aislante acústico del corcho, lo que nos lleva a pensar (no sin cierta malicia) si su uso estará relacionado con los insistentes villancicos que suenan y resuenan del altavoz toscamente escondido detrás del amable castillo de Herodes.

Todavía con esa impactante imagen en las retinas, alcanzamos aliviados la mesa donde esperan el resto de comensales, que por su silencio parecen haber sufrido la misma tortura. Y aquí volvemos a encontrar al corcho, que por fortuna tiene un uso muy distinto. Estos días destacan por la ingesta e indigesta de luengas y profusas viandas. Y claro, estas copiosas digestiones son regadas reiteradamente por vinos, sidras y cavas que descorchamos (des-corchamos), una y otra vez. Pero miremos con atención esos corchos tantas veces desapercibidos. En el caso del cava, el corcho debe soportar nada menos que una presión en el interior de la botella de entre 5 y 6 atmósferas. Recientes estudios de la Universidad Técnica de Clausthal (Alemania) han estimado que un corcho de esta bebida espirituosa es despedido a unos 40 kilómetros por hora. Y nosotros hemos comprobado que la distancia que alcanza puede llegar a superar los 10 metros. Esta resistencia del corcho tiene que ver con su capacidad de compresión de un 33 % y de su recuperación de hasta un 80 %. Animado por estas cifras, me ofrezco voluntario en la operación del descorche con la esperanza de alcanzar con mi improvisado proyectil la horrenda edificación al otro lado de la habitación.

Armado con tan peligroso artefacto, me dispongo a sobrecargar aún más su presión. Por lo que comienzo una ancestral danza, para sorpresa de invitados y familiares, agitando la botella cual muñeco diabólico poseído. Mi penosa destreza en el arte del bailoteo provoca ciertas sospechas e intuye mis intenciones por lo que rápidamente soy inmovilizado y desarmado. Y un año más, muy a mi pesar, la fiesta termina sin mayores incidentes.

Durante el brindis, aún con cierto resquemor, observo en la lejanía al terrible Portal de Belén y un escalofrío recorre todo mi cuerpo. ¡Pero que córcholis (corcho-lis), así son estas fiestas!
¡Felices botánicas y acorchadas navidades!