Llegadas las épocas navideñas son pocos los hogares que prescindirán del más característico adorno de estas fiestas: el árbol de Navidad. Un árbol que siempre se ha identificado, aunque en muchas ocasiones no lo sea, con el abeto. Abies es un austero género de árboles, preparados casi siempre a la alta montaña donde soportan situaciones extremas. Esta conífera gracias a sus eficaces adaptaciones soporta duros factores ambientales: extremas bajadas de temperaturas, grandes nevadas, fuertes vientos; pobres y reducidos sustratos, que no doblegarán a este rudo árbol.

 

Sus adaptaciones
Pero, ¿Cuáles son los secretos que le dan esa resistencia? Su característica forma cónica le permite resistir las fuertes acometidas del viento y, lo que es más importante, desprenderse rápidamente de la nieve acumulada que podría dañar su estructura. La resina actuará de eficaz anticongelante eludiendo los daños por frío de los tejidos más débiles. Sus estomas situados solamente en el envés de sus estrechas hojas pierden el mínimo de agua al situarse en la zona acanalada de la hoja. Tan solo una lógica concesión, pues debido a su humilde morada es árbol frugal que debe crecer con mayor lentitud. Este motivo ha propiciado el empleo de parientes del género Picea, de crecimiento mucho más rápido y, por tanto, más asequible en estos tiempos que corren de crisis.


La leyenda

Han sido precisamente esas cualidades –carácter perenne, forma cónica y resistencia- las que convirtieron al abeto en claro candidato como árbol simbólico. Son numerosas las teorías que existen sobre la procedencia del uso de este árbol durante las fiestas navideñas.
Se dice que durante el siglo VIII, en la antigua Germania, un monje misiones inglés taló en Nochebuena un gran roble milenario que se utilizaba en ritos paganos en honor a Thor y así demostrar que este árbol no estaba protegido por la magia del dios. Según cuenta la leyenda, al caer el árbol dañó a muchas plantas y árboles que estaban a su alrededor, excepto a un abeto, que permaneció erguido e intacto. Aquel pueblo creyó entonces que los poderes atribuidos a un árbol, ahora habían pasado al otro. Así que se tomó al abeto como símbolo de aquella nueva religión. Estas gentes al cristianizarse sustituyeron la veneración del roble por el abeto. Considerando desde aquel instante al abeto como lo permanente, lo verdadero; correspondiendo con la idea de los evangelizadores que proclamaban la superioridad de la religión de Cristo. Incluso se afirmaba que su porte triangular representaba a la Santísima trinidad. De esta forma el rito siguió vivo, si bien con el nuevo significado cristiano.
Aunque no se conoce con certeza cuando se comenzaron a utilizar los árboles para conmemorar el nacimiento de Jesucristo, existe constancia de su uso alrededor del año 200. Sin embargo, el antecedente del árbol moderno que todos conocemos para decorar el abeto y festejar la Navidad parece derivar de una fecha mucho más reciente, que se cree que podría ser entorno al año 1605, en Alemania. Se cree que aunque su origen fue pagano, la religión cristiana pudo tener un importante efecto en su difusión. De hecho, esta costumbre puede proceder de la rivalidad religiosa entre luteranos y católicos. Así, los luteranos practicaban la pagana costumbre germánica de decorar los árboles (que todavía era seguida por las gentes), intentando atraer seguidores a la nueva iglesia nacional alemana.

 

Según aseguran algunas leyendas, en una noche de Navidad, Martín Lutero caminaba por el campo cuando quedó fascinado al observar los árboles cubiertos de nieve con carámbanos que resplandecían bajo la luz de las estrellas. La leyenda asegura que Lutero quiso recrear esta visión, adornando un abeto con pequeñas velas y manzanas. Lentamente, la costumbre de adornar un abeto fue arraigando en otros países, hasta hacerse tan popular como hoy lo conocemos.

 


Y en el siglo XXI…
Y entonces, tras muchos miles de años de adaptaciones y no pocos siglos de tradición, nos disponemos a tratarlo como se merece.
Y así, todos los primeros de diciembre procedemos con nuestra ilusionada tarea y salimos a la calle con un claro mensaje: se busca abeto. Dada la amplia demanda, no tardaremos mucho en hallar nuestro escuálido reo: atado y amordazado -entendemos que para evitar su desesperada fuga-, magullado por su transporte desde Dios sabe dónde, nos quedamos tranquilos cuando vemos que su soporte es una ruin y deformada maceta que no permite su noble enderezamiento hasta que oportunas y humillantes pataditas a diestro y siniestro del inquietante tendero rectifican la penosa trayectoria del pobre arbolucho. Un árbol moribundo, sin raíces, deshidratado, entre feo y feísimo, del que hemos pagado tres veces su precio real. Tras nuestro buen hacer en el arte del comercio, portamos orgullosos la presa retornando al navideño hogar, donde continuaremos con su lenta tortura. Deseosos de adecuar la vivienda como recogen los cánones festivos, se nos olvida que nuestro cautivo pide a gritos agua, y ya se sabe si no se riega el primer día…

 

Buscamos el lugar perfecto, al lado de lo más importante del salón (incluso de la casa): ¡la tele! Y así se dispone con la ayuda de dos o tres pequeños energúmenos que golpean y arrastran al preso hacia el patíbulo, dejando un significativo reguero de acículas en un imposible intento de regular su falta de agua. Y tras las oportunas pataditas que les ha enseñado el improvisado docente y delincuente tendero, se endereza el cada vez más cadavérico abeto. Allí pasará el mes de fiestas navideñas, lejos, muy lejos de la única y deseada ventana de la habitación, flanqueado por la omnipresente televisión y el terrible radiador que permiten rozar los 30 grados centígrados. Una especie capaz de resistir hasta 40 grados bajo cero no soportará semejante situación. ¡Y el agua que no llega!
Tras dos horas de reposo, en el que se aprovecha para refrescar los gaznates de los navideños torturadores, comienza la humillante vestimenta. Las luces dan vueltas y más vueltas por su copa, cables que vuelven y revuelven atenazando al pequeño abeto que ya no ofrece resistencia. Uno, dos, tres, … treinta, cuarenta y hasta setenta bolas de colores que no dejan ver el árbol. Y con esas pintas soportará las felices fiestas.

 

Pero aquí no termina la cosa, pues el espantado abeto todavía deberá soportar la llegada de la oportuna abuela con la ocurrencia de colgar sus míseros y pesados presentes en las endebles y fracturadas ramas. Y allí se encuentra el abeto con cuatro enormes y horribles cajas que nadie sabe qué puñetas contienen, aunque es bien visible cómo hacen tambalear peligrosamente al penoso arbolillo.

 

Pasadas las fiestas, y tras quince días de olvido y hartos de barrer las últimas acículas, el Ayuntamiento de turno anuncia su estupenda campaña “ecológica” de recogida de abetos. Y allá va nuestro malogrado abeto que es plantado ya muerto tras muchos otros avatares en un olvidado descampado con otros muchos compañeros que han pasado por el mismo calvario y se encuentran en igual estado de supervivencia, es decir, ninguno.