No es extraño tropezarse con la ortiga menor en terrenos abandonados. De hecho, su mera presencia ya es un indicio de acumulación de materia orgánica en el suelo. La planta, por otro lado, crece abundantemente gracias a la extraordinaria inmunidad que le dispensan sus pelos urticantes.

Huertas, jardines y otras tierras que hayan sido cultivadas estarán exhaustas tras su periodo de producción estival. Esos pequeños vergeles de la primavera pasada han tolerado el invierno sumidos en un dulce descanso y ahora esperan a que las primeras caricias del sol les anuncien el cambio de escenario. Un ligero aumento en las temperaturas y la mayor cantidad de horas de luz son indicios que no dejan lugar a dudas. Las hierbas pronto deberán desperezarse de su largo letargo invernal. Es entonces, entre mediados y finales de febrero, según venga el año, cuando empiezan a germinar las plantas anuales, al tiempo que las vivaces recuperan lentamente su actividad. Sin embargo, y para sorpresa de quienes abandonaron esas tierras durante el otoño, hay algunas hierbas que se han adelantado astutamente y lo han invadido casi todo.
En este caso se encuentra la ortiga menor (Urtica urens). Al final del otoño, sus semillas germinan rápidamente aprovechando la humedad del terreno y, mientras los fríos no sean muy intensos, pequeñas plántulas crecerán con rapidez para eludir las heladas. Pero se detienen tras alcanzar los primeros centímetros, a la espera de tiempos más propicios. Han emitido, eso sí, unos cuantos pares de hojas para protegerse mejor. El resultado de esta estratagema no siempre es positivo, ya que una helada puede provocar la ruina de todo este diminuto ejército de ambiciosas plántulas. Pero, si el invierno es favorable, tienen el éxito asegurado. Una gran cantidad de pequeñas ortigas invadirá toda la superficie disponible para dificultar el crecimiento de otras plantas competidoras. Así, cuando las especies más perezosas empiecen a germinar, se toparán con las ortigas, que alcanzan ya un palmo o más de altura, lo que dificulta cualquier avance.

Revista Quercus 326

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Revista Quercus 326

Prolífica y bien armada

Es bien sabido que la ortiga menor tiene una clara preferencia por las zonas que habitamos los humanos, así que entraría de lleno en la categoría de “plantas acompañantes” propuesta por el eminente botánico Edgar Anderson (1). Una bella expresión para definir a estas hierbas tan cercanas. Sus lugares preferidos son aquellos que ofrezcan tierra removida y abundante materia orgánica.
La ortiga menor se distribuye por buena parte de las zonas templadas del planeta. Su área natural ocupa el norte de África, Europa y Oriente Medio, aunque ha logrado naturalizarse en América tropical y Australia. En la península Ibérica es muy común a lo largo y ancho de prácticamente todo su territorio, aunque no superará los 1.500 metros de altitud (2). Su abundancia queda patente en los muchos topónimos que aluden a ella en todos los rincones de España (3): Ortiga (La Coruña), Ortigal (Oviedo y Santa Cruz de Tenerife), Ortega (La Coruña), Ortegas (Córdoba), Ortigós (Tarragona), Ortigosa (Asturias, Ávila, Huelva, La Rioja, Logroño y Segovia), Ortigoso (Lugo), Ortigueira (La Coruña, Oviedo y Pontevedra) y Ortigueiro (Oviedo).
Las ortigas pertenecen a la familia de las Urticáceas, cuyo nombre procede del género Urtica, que engloba una treintena de especies en los países de clima templado. En la Península pueden encontrarse cinco especies, pero la que más destaca por su abundancia es sin duda nuestra protagonista, la ortiga menor. El nombre específico, urens, proviene del latín uro (quemar), en clarísima alusión a la desagradable experiencia al entrar en contacto con esta planta.
En cuanto al nombre vulgar, ya indica que la ortiga menor es la más pequeña de su género, pues difícilmente supera los 20 ó 30 centímetros de altura. Tiene los tallos erguidos, en ocasiones ramificados desde la base, y están teñidos de un bonito color granate. Las hojas destacan por su forma aovada, más o menos redondeada (rasgo que la diferencia de otras especies), por su borde marcadamente dentado y por sus estípulas alargadas en la base del peciolo. Las inflorescencias, de color blanco verdoso, son monoicas, es decir, con flores masculinas y femeninas.
Los pelos urticantes que protegen a la planta de los herbívoros se encuentran dispersos tanto por las hojas como por el tallo. Hay quien asegura que, a pesar de su pequeño tamaño, es la especie que causa una irritación más rabiosa de todas las ortigas. Ingeniosa y sorprendente adaptación de unos simples pelos que, como método defensivo, se han transformado en unos eficaces aguijones urticantes; eso sí, de gran fragilidad. Su función es sencilla: el más simple roce provoca su rotura y una inyección de histamina (que provoca reacciones alérgicas) y acetilcolina (un neurotransmisor, que acentúa la sensación de dolor). Algunos de los numerosos nombres comunes de la planta hacen referencia a esta cualidad: picamanos, picamoscas, picasarna, ronchona o hierba del ciego (4).

Medicinal, culinaria y textil

Es sabido que el veneno de la ortiga no actúa por vía digestiva. Al contrario, para sorpresa de muchos, se considera una especie con buenas cualidades culinarias. Las ortigas son una buena fuente de proteínas vegetales y pueden consumirse en tortilla, ensalada, puré o simplemente hervidas, como cualquier verdura. Gracias a sus buenas propiedades se le han atribuido numerosas virtudes curativas y, de hecho, se la considera revitalizante, antianémica y reconstituyente. También ha sido muy utilizada para tratar el reumatismo y la gota. Hay incluso quien le atribuye eficacia como crecepelo, aunque para eso será preciso aplicársela directamente sobre la calva y estimular así al cuero cabelludo.
Otro interesante uso, hoy prácticamente desaparecido, es como planta textil. Antes de que se introdujera el lino (Linum usitatissimum) en el norte de Europa, germanos y escandinavos obtenían fibra vegetal de la ortiga. Sus características son muy similares a las del lino, pues es larga, suave y fina, aunque poco resistente, lo que dificulta su manejo. Para obtener estas fibras las plantas han de ponerse en remojo, con agua corriente, durante siete u ocho días. Después se dejan secar y se golpean los tallos con mazas. Los haces de fibras resultantes se cepillan con peines de púas. Con la fibra se han confeccionado tejidos finos, pero también sacos, velas de barcos e incluso cuerdas (5).
La ortiga reúne tan buenas cualidades que hay quien ha querido ver en ella más de las que realmente tiene. El conocido médico segoviano Andrés Laguna en su obra Pedacio Dioscórides Anazarbeo (1566) hace referencia a sus pretendidas propiedades afrodisíacas:

“La simiente y las hojas tienen fuerza notable de resolver, y son algún tanto ventosas, por donde pueden incitar a la lujuria” (6).

Divulgados estos efectos, antaño fue práctica común revolcarse desnudo sobre las ortigas o flagelarse con ellas para recobrar la potencia viril. Como aviso a los interesados, antes de lanzarse con fruición a la primera mata de ortigas, conviene saber que es una práctica tan ineficaz como poco recomendable.

Bibliografía


(1) Brinckerhoff, J. (2011). Las carreteras forman parte del paisaje. Gustavo Gili. Barcelona.
(2) Castro Viejo, S. y otros autores (1993). Flora ibérica. Plantas vasculares de la península Ibérica e islas Baleares. Vol. III: Plumbaginaceae (partim) – Capparaceae. Real Jardín Botánico (CSIC). Madrid.
(3) Espuny, V. (2004). Los nombres de poblaciones y el reino vegetal: un acercamiento a los principales fitotopónimos del Estado Español. Imprenta Hnos. Gracia. Sevilla.
(4) Torres, A. (1994). Las ortigas. Una revisión interesada. Edicións O Paporroibo. Ortigueira (La Coruña).
(5) Rivera, D. y Obón, C. (1991). La guía Incafo de las plantas útiles y venenosas de la península Ibérica y Baleares (excluidas las medicinales). Incafo. Madrid.
(6) Laguna, A. (1999). Pedacio Dioscórides Anazarbeo, acerca de la Materia Médica Medicinal y de los Venenos Mortíferos. Biblioteca de Clásicos de la Medicina y de la Farmacia Española. Edición facsímil 1566. Madrid.