Fácil de localizar en el entorno de pueblos y ciudades, la celidonia mayor se conoce sobre todo por sus propiedades medicinales. Pocos saben, sin embargo, que es una planta muy tóxica, rasgo que le dispensa una eficaz protección frente a los herbívoros y favorece su amplia distribución.

A diferencia de muchas de las especies tratadas en esta sección, la celidonia mayor (Chelidonium majus) es una hierba de carácter más tímido. Bien adaptada a las exposiciones sombreadas, parece encontrar acomodo en los lugares más recónditos, cerca de edificaciones ruinosas, viejas paredes, muros desconchados y escombros urbanos. No es casual su cercanía a estos materiales, pues ofrecen cierto resguardo para eludir los rayos del sol y beneficiarse de un mayor grado de humedad, condición necesaria para su supervivencia. Tal vez por eso se dice que la celidonia mantiene cierta amistad con el hombre, pues gusta de estar en su cercanía, aunque probablemente el sentimiento no sea recíproco.

En cualquier caso, la celidonia no se conforma con crecer al pie de construcciones y escombros, ya que a veces alcanza lugares elevados en las grietas de muros y paredes. Sus sorprendentes técnicas de diseminación le permiten conquistar zonas donde otras hierbas no llegan a establecerse. Un hecho que advertiremos sin dificultad si miramos hacia arriba en nuestras ciudades. En el caso de Segovia, por ejemplo, podremos observar cómo la celidonia viste muchos de sus monumentos más característicos, como el Alcázar o el monasterio de San Antonio el Real (1).

Revista Quercus 325

Texto publicado en
Revista Quercus  nº 325

Doble dispersión de las semillas

El nombre genérico, Chelidonium, procede del griego chelidónion y significa “golondrina”. Término del que derivan también algunos de sus nombres vulgares más habituales, como “celidonia”, “cerigüeña”, “hierba golondrinera” o “hierba de las golondrinas”. Es tradicional asegurar que su floración anuncia la llegada de la primavera y, por tanto, el retorno de las primeras golondrinas desde sus cuarteles de invierno en África. De hecho, la desaparición de sus flores coincide con la llegada del frío, momento que estas aves aprovechan para comenzar su emigración postnupcial.

El área de distribución de la celidonia abarca la mayor parte de Europa, aunque también es común en las áreas templadas de Asia y África. En la península Ibérica se localiza a lo largo y ancho de todo el territorio, salvo en las zonas más áridas del sureste. Tanto sus adaptaciones como su eficaz sistema de diseminación le han permitido ampliar su territorio natural hasta conquistar durante el siglo XVII la costa este de Norteamérica (2). Aunque su llegada al Nuevo Mundo pudo deberse a su valor como planta medicinal.

En cuanto a su forma y tamaño, la celidonia es una hierba vivaz muy variable. Puede medir entre 30 y 100 centímetros de altura, mientras que la envergadura vendrá determinada por las condiciones locales. Tiene los tallos erguidos, ramificados y ligeramente velludos. Las hojas son compuestas, de entre 5 y 7 foliolos, de contorno muy lobulado y color verde azulado en la cara inferior, un rasgo muy destacado. Las flores son pequeñas, si las comparamos con las del resto de la familia de las amapolas (Papaveraceae), a la que pertenece. Emite numerosos racimos de flores de cuatro pétalos y color amarillo brillante. Aunque carecen de néctar, son capaces de atraer a los insectos polinizadores, en particular a las abejas, ya que ofrecen a cambio una abundante cantidad de polen.

El fruto es una cápsula alargada que se abre a lo largo de dos suturas. Explota una vez maduro y dispersa así sus semillas en todas las direcciones (2). No obstante, la dispersión tiene lugar en dos tiempos (diplocoras), para lo que las simientes han desarrollado una protuberancia carnosa conocida con el nombre de eleosoma. Esta estructura está constituida por sustancias de reserva y su sorprendente función es la de atraer a las hormigas, que se encargarán de la segunda fase de la dispersión (mirmecocoria).

Dichos insectos transportan las semillas hasta las galerías de sus hormigueros, donde se alimentarán del citado apéndice sin dañar al resto de la semilla. Esta peculiar simbiosis no sólo asegura una buena diseminación de las semillas, sino que reduce además el riesgo de depredación, al tiempo que las protege contra los agentes externos y evita la competencia con la planta madre (3). Pero no todas las semillas acaban en un hormiguero, pues muchas de ellas se quedan por el camino. En este sentido, una investigación llevada a cabo en el Jardín Botánico de Viena puso de manifiesto que las poblaciones de celidonia se encontraban siempre a lo largo de las sendas seguidas por las hormigas (4).

Un látex sumamente tóxico

Otra peculiaridad de esta planta es su aparente fragilidad, pues el más mínimo roce provoca la rotura de hojas y tallos. Un rasgo que podría interpretarse como desventaja y que, sin embargo, no es más que un atípico método de defensa. En efecto, la aparente fragilidad evita en realidad la depredación de la planta, pues la más leve rotura se salda con la abundante emisión de un llamativo líquido de color amarillo y propiedades tóxicas e irritantes. El mismo color amarillo ya es una seria advertencia de peligro. Pero si el obcecado herbívoro no desiste, recibirá su merecido por contacto o ingestión. Toda la planta contiene ese látex, en el que se han aislado más de veinte alcaloides. Esta misma sustancia hace que la celidonia sea muy venenosa asimismo para el ser humano. Sólo son necesarios 40 gramos para provocar la muerte de una persona por paro cardíaco. En los animales el envenenamiento es raro, pues eluden su fuerte sabor acre (5).

Las propiedades cáusticas de dicho látex son muy conocidas y han sido aprovechadas tradicionalmente para eliminar pequeños defectos de la piel. Su aplicación diaria sobre una verruga hace que frene su desarrollo y finalmente desaparezca. Los expertos en esto de quitar verrugas aseguran, con sospechosa precisión, que sus efectos se harán notar exactamente al cabo de diez días y un mes. Estas mismas propiedades han hecho que la planta se conozca en muchas localidades como verruguera o hierba de las verrugas.

Las numerosas virtudes que la medicina popular ha atribuido a la celidonia quedan reflejadas en el dicho asturiano: “La cerigüeña, de todos los males es dueña”. Lo cierto es que posee propiedades sedantes, analgésicas, antitusivas y antivirales. Aunque el uso de esta planta por vía interna es extremadamente peligroso debido a su señalada toxicidad. Bien es cierto que no todos sus usos parecen estar justificados. Por ejemplo, antiguamente se consideraba que era capaz de orientar sobre el pronóstico de los enfermos más graves. Para ello se colocaban algunos trocitos de celidonia sobre la cabeza del enfermo y si se ponía a cantar, cosa poco probable en estado terminal, era señal de que iba a morir pronto.

Debido al color dorado de sus flores y del látex, los alquimistas creyeron que la celidonia era el elemento básico para obtener la piedra filosofal. Estaban convencidos que podían obtener oro con ellas, motivo por el que llegó a denominarse Coeli Donium, es decir, “don del cielo”. Expresión que también guarda una equívoca semejanza con el nombre genérico de la planta. Conseguir oro a través de celidonias sería una buena solución para capear la crisis económica que nos ronda, aunque no creo que valga la pena perder mucho tiempo en ello.

BIBLIOGRAFÍA


1. Díez Herrero, A. y otros autores. 2002. Aproximación al catálogo de la flora de los monumentos de Segovia. Caja Segovia.
2. Tredici, P. 2010. Wild Urban Plants of the Northeast. Cornell University Press. London.
3. Bacchetta G. y otros autores. 2008. Conservación ex situ de plantas silvestres. La Caixa. Principado de Asturias.
4. Wit, H. C. D. 1965. Las plantas superiores I. Editorial Seix Barral. Barcelona.
5. Noailles, M. – C. 1986. La evolución botánica. Ediciones Orbis. Barcelona.