Sorprende ver en los periódicos y telediarios de ámbito nacional el protagonismo que está teniendo en estos días el arbolado urbano. La pena es que este inesperado interés no está relacionado con los demostrados beneficios que nos aporta este involuntario compañero urbanita. Por desgracia, la rotura de algunas ramas ha provocado la muerte de dos personas, una adversidad que probablemente se podría haber evitado. Sin lugar a dudas un hecho lamentable, pero también anecdótico. Es importante que no nos dejemos manipular por el sensacionalismo de los medios de comunicación que tan buenos resultados les aporta. Escuchando las noticias parece que los árboles madrileños se han puesto de acuerdo para desplomarse uno tras otro, hasta no quedar uno solo en pie…

escudo-arbol

Seamos sensatos. Todos sabemos que donde hay un árbol hay un riesgo, y más en un entorno con una alta densidad de vehículos y transeúntes. Es cierto que una adecuada gestión del arbolado urbano debería reducir este tipo de daños, pero nunca se eliminarán por completo. Aunque es igual de cierto que la reducción de un 30% en la partida presupuestaría de conservación del arbolado público no ayuda a reducir estas catástrofes. Árboles y ramas rotas ha habido y habrá siempre, pero el problema del que nadie parece querer hablar es que nadie quiere realmente hablar de los árboles. De sus daños sí, pero no de sus virtudes y, muy especialmente de sus necesidades.

Y es que no nos engañemos, las ciudades son entornos hostiles tanto para el hombre como para los árboles. Lo curioso es que para mejorar el ambiente de las ciudades al hombre se le ha ocurrido la genial idea de utilizar a los árboles. Lo paradójico es que se hace sin escucharlos, sin entenderlos. De nada menos que de 2.000.000 de ciudadanos-árbol presume la capital de España. Un elevado patrimonio que se empeñan en seguir aumentando de forma compulsiva sin, sorprendentemente, tener en cuenta las necesidades de los propios árboles. Demasiado tiempo obsesionados por la cantidad y olvidándonos de la calidad. De estos ciudadanos-árbol, 300.000 han sido forzados a vivir en calles y avenidas. Esos son sin duda los peor tratados, y ello a pesar del alto riesgo que supone el daño a bienes o personas. ¿Los motivos? Innumerables, véanse: especies mal seleccionadas, alcorques reducidos, podas severas, reducción del sistema radicular, compactación, fitotoxicidad, hipoxia, hongos xilófagos, descompensación hídrica, etc., etc. y etc. Por este motivo estamos bastante de acuerdo con lo publicado hace unos días atrás, no sin cierta sorna, en el diario El País por el periodista y escritor Julio Llamazares:

Yo tengo, no obstante, una teoría que, aunque algunos tacharan de imaginativa, cada vez estoy más convencido de que es cierta: que los árboles madrileños se suicidan para no seguir viendo la decadencia, la suciedad, la desidia, la tristeza y la falta de ilusión de una ciudad que no ha mucho tiempo presumía de ser la más moderna y vital de Europa…

Añadimos una entrevista realizada por la Universidad Camilo José Cela a Ramón, en la que se discuten los motivos de la caída de los árboles en Madrid.