La alta toxicidad del estramonio ha hecho que sea una planta rodeada siempre de misterio. De hecho, estaba relacionada con la magia y la brujería medieval. Lo cierto es que el hombre ha sabido aprovechar desde antiguo sus principios activos. Unas toxinas que, por otra parte, permiten al estramonio eludir a sus depredadores. 

A diferencia de otras hierbas tratadas en esta sección, el estramonio (Datura stramonium) es una planta que no pasará desapercibida. Su forma y su olor, los lugares donde crece y, sobre todo, su elevada toxicidad constituyen un poderoso reclamo para la curiosidad. Catalogada como planta venenosa, sus principios tóxicos han sido empleados desde hace siglos debido a sus peculiares efectos. Es planta común y cercana, ruderal y nitrófila, que crece en suelos abandonados y terrenos removidos. Pero no esperemos encontrar al estramonio en el mismo lugar un año tras otro. Aunque sea abundante una temporada, puede escasear en la siguiente o incluso desaparecer.

En las diferentes lenguas de la península Ibérica se han catalogado cerca de 150 nombres vernáculos referidos al estramonio (1), dato que deja bien a las claras su interés popular. Muchas de estas denominaciones están relacionadas con la magia y la brujería, como manzana del diablo, higuera infernal, berenjena del diablo, figueira do demo, erva do diablo, mata del infierno, blat del diable o erva-dos-bruxos. Tanto es así que su nombre más común, estramonio, también está relacionado con las artes ocultas, pues procede del antiguo estremonia, que significaba brujería o magia (2). De ahí tomó Linneo el nombre específico. En cuanto al genérico, Datura, proviene del sánscrito dhattura, con el que se conoce a una planta similar en la India.

El origen del estramonio, una solanácea presente en buena parte del planeta, ha sido muy discutido. Planta desconocida en la antigüedad clásica, la hipótesis tradicional la considera originaria de las costas del mar Caspio, desde donde fue introducida en Europa durante la Baja Edad Media. Varios autores europeos del siglo XVI se refieren a “stramonia” y “pomum spinosum”, términos que se atribuyeron al estramonio. Pero después se ha demostrado que aludían al metel o trompeta del diablo (Datura metel), una especie emparentada y de origen asiático. Actualmente se cree que el estramonio procede de México y que llegó a Europa a través de España hacia el año 1577. Así pues, las citas anteriores deben atribuirse al metel.

Artículo publicado en Revista Quercus nº 315

Artículo publicado en
Revista Quercus nº 315

Arsenal defensivo 

A pesar de su aspecto y tamaño, el estramonio es una hierba anual. De porte erguido, supera el metro de altura si los suelos son fértiles y dispone de una adecuada hidratación. Las hojas son grandes, alternas y pecioladas, de dientes desiguales. A finales de la primavera, o incluso antes en las regiones cálidas, emergen solitarias sus grandes y bellas flores atrompetadas de color blanco o violáceo. Estas flores permanecerán plegadas hasta el atardecer para, tras su apertura, emanar un dulce aroma muy atractivo para los lepidópteros nocturnos encargados de su polinización. Los frutos, particularmente espinosos, son cápsulas divididas en cuatro espacios que, una vez maduras, esparcirán sus abundantes semillas con ayuda del viento.

Pero lo más llamativo de esta especie es su potente sistema defensivo, que la convierte en una auténtica fortaleza vegetal. El primer recurso es únicamente disuasorio y lo percibiremos a través del olfato: toda la planta desprende un olor desagradable que sirve de advertencia a cualquiera que se acerque con dudosas intenciones. Además, su alto contenido en alcaloides otorga a la planta un sabor amargo que rechazará a los herbívoros que no hayan atendido las primeras indicaciones. Pero si la tenacidad del atacante se dirige hacia los nutritivos frutos, se topará entonces con una barrera física, innumerables y afiladas espinas que harán imposible el asalto. Tan eficaz línea defensiva podría verse rota en el momento de la maduración del fruto, al desprenderse las simientes. Pero pobre de aquel que las utilice como alimento, pues contienen una alta concentración de tres peligrosos alcaloides tropánicos: hiosciamina, atropina y escopolamina. Una de las concentraciones tóxicas más potentes de la flora ibérica.


¡Una planta invencible!

Pero el estramonio también se reserva toxinas para luchar contra otras plantas, pues emite alelo-sustancias capaces de reducir el desarrollo de hierbas próximas que puedan competir por los mismos recursos (3).

Un veneno de novela policiaca 

Teofrasto resume los efectos graduales de todos estos principios tóxicos en el hombre:

 “unas gotas de estramonio provocan alegría, una dosis doble excitaciones y visiones terribles, una dosis triple la locura, mientras que una dosis cuádruple lleva inexorablemente a la muerte.” 

Por deparar estas sensaciones llegó a utilizarse también como un peligroso filtro de amor. El propio Linneo, en su Hortus Cliffortianus (1738), dedica algunas palabras a dichas prácticas amatorias:

«…acaso en la India las mujeres lascivas dan y darán la semilla a sus maridos flojos.”  

A dosis mayores, el estramonio tuvo mucho que ver en las visiones mágicas de las brujas medievales. Bebedizos y ungüentos llevaban a desvaríos temporales y sensación de vuelo, cuando no a la locura (2). El más conocido de sus alcaloides quizá sea la atropina, un reconocido veneno con aplicaciones, por ejemplo, en oftalmología. La célebre Agatha Christie recurrió a la atropina en su novela La huella del pulgar de San Pedro: unas gotas en un vaso de agua fueron suficientes para eliminar al marido de la sobrina de la famosa señorita Marple. Sus efectos son conocidos: visión borrosa, retención urinaria, alucinaciones severas, fuertes convulsiones y finalmente la muerte (4, 5).

A veces algún aprendiz de brujo ha querido emular al mago Merlín y se ha llevado un buen susto. Hemos de tener en cuenta que el contenido en alcaloides del estramonio –y, por lo tanto, su alta toxicidad– varía según el estado fenológico de la planta, la parte utilizada e incluso el hábitat, lo que hace difícil determinar con exactitud las dosis peligrosas. Tenemos el campo lleno de plantas tóxicas y alucinógenas, pero no se trata de perseguirlas y exterminarlas como en ocasiones se ha pretendido. Somos más bien partidarios de dar a conocer sus propiedades y dejar claro que con esas cosas no se juega, antes que convertir a las plantas en reos inocentes.

Bibliografía


(1) Álvarez Arias, B.T. (2006). Nombres vulgares de las plantas en la península Ibérica e islas Baleares. Tesis doctoral inédita. Universidad Autónoma de Madrid.
(2) Gómez Fernández, J.R. (1999). Las plantas en la brujería medieval. Propiedades y creencias. Celeste Ediciones. Madrid.
(3) Llaudó i Àvila, E. (1998). Revisión química: una revisión a las alelosubstancias vegetales. Oikos-Tau. Vilassar de Mar (Barcelona).
(4) Gómez Fernández, J.R. (1998). La toxicidad de las plantas ornamentales. Oikos-Tau. Vilassar de Mar (Barcelona).
(5) Mulet Pascual, P (1997). Flora tóxica de la Comunidad Valenciana. Diputación de Castellón. Onda (Castellón).