Hierba exótica cada vez más habitual, todo parece indicar que el cantarillo se encuentra inmerso en un claro proceso de expansión que cubre muchas regiones del planeta. La versatilidad de esta planta, así como su resistencia y capacidad para esperar tiempos mejores, le confiere importantes ventajas frente a otras especies con las que convive.

El yute de China, malvavisco de la India o cantarillo (Abutilon theophrasti) surge espontáneamente desde finales de la primavera embelleciendo campos, bordes de caminos, orillas de cursos de agua y cultivos de regadío. Evidentemente, en esta última localización no suele ser bien recibido, ya que compite con las plantas cultivadas.
También es fácil encontrarlo en algún que otro jardín particular, donde sus semillas suelen colarse como polizones a bordo de mantillos y abonos orgánicos. La verdad es que bien merecería ocupar un lugar destacado en estos jardines, pues tanto sus flores como sus curiosos frutos tienen un indudable valor ornamental. Y todo ello a pesar de su origen exótico, pues el cantarillo procede del continente asiático.

Planta resistente y adaptable, ha logrado naturalizarse en buena parte de las regiones templadas de todos los continentes. Pero, a diferencia de otras especies, hace siglos que comenzó su conquista de nuevos territorios. Hacia el año 1700 fue citada en América del Norte, donde actualmente se considera invasora de los cultivos en el Este y el Medio Oeste de Estados Unidos. En España se encuentra repartida por la mayor parte de sus regiones, con especial abundancia en Cataluña, donde sigue una clara tendencia expansiva (1). El testimonio más antiguo de ejemplares naturalizados en nuestro país se remonta a 1930, si bien Quer ya la menciona como cultivada a mediados del siglo XVIII, cuando era valorada por sus virtudes medicinales (2). Oculta entre las semillas de maíz, algodón, patata y girasol, ha sido importada y distribuida por todo el mundo.

Sin embargo, la gran capacidad de adaptación del cantarillo le ha granjeado algún que otro enemigo, ya que los agricultores la consideran una hierba perjudicial, responsable de acarrear mermas de hasta un 34% en el rendimiento de sus cultivos. De hecho, desde mediados del siglo XX se han gastado millones de euros para tratar de controlar su expansión. Lo cierto es que se trata de una dura competidora por el agua y los nutrientes, indiferente a la naturaleza del sustrato. Solo la altitud limita su distribución, ya que no se encuentra por encima de los 1.000 metros. Prefiere establecerse en lugares soleados y de terreno fértil, aunque puede soportar situaciones menos favorables que, no obstante, limitan su desarrollo.

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Artículo publicado en
Revista Quercus nº 316

Sonajeros mecidos por el viento

Los rasgos de toda la planta, aunque en particular las flores, ayudan a reconocer su parentesco con malvas, lavateras y alteas, todas ellas pertenecientes a la familia de las Malváceas. El nombre científico del género deriva del árabe abû tlilum, “abulitón”, planta que Dioscórides describe como parecida a una altea. El nombre específico alude a Teofrasto, filósofo griego discípulo de Aristóteles y su sucesor en la dirección del liceo ateniense.

El cantarillo es planta anual que suele alcanzar el metro de altura, aunque si los suelos son fértiles y ofrecen suficiente humedad puede rozar los dos metros. Tiene unas grandes hojas aterciopeladas y en forma de corazón, que miden de 15 a 25 centímetros de ancho. Sus singulares flores se agrupan en inflorescencias en forma de cima, que emergen de las axilas de las hojas. Estas flores, que miden poco más de 4 centímetros de diámetro y tienen cinco pétalos de color amarillo intenso, surgen con las altas temperaturas, en julio, agosto e incluso septiembre. Este calendario es válido al menos en el centro de la Península, pues hacia el sur pueden ser mucho más precoces. De hecho, la aparición de las flores está relacionada con la luminosidad, de modo que la planta no florece hasta que el día alcanza las doce horas de luz.

La floración da paso a un curioso fruto, de aspecto aún más sorprendente que las propias flores. Viene a ser como una pequeña urna que raramente supera los 2 centímetros de diámetro, adornada con una corona espinosa que protege sus preciadas semillas. Este cofrecito, una vez maduro, liberará gradualmente su valiosa carga. Eso sí, tiene que contar con la inestimable colaboración del viento, que se encarga de derramar su contenido mientras los frutos tintinean como si fueran pequeños sonajeros.

Semillas longevas y plantas fugaces

A pesar de su espinosa protección, algunos rumiantes de duro paladar y escaso refinamiento son capaces de aprovechar estos frutos sin lastimarse. Las semillas no sufrirán daño alguno gracias a la dura cutícula que las recubre. Resisten el impacto de las mandíbulas e incluso los ácidos gástricos de estos animales.

Cada ejemplar de cantarillo puede producir hasta 8.000 semillas, aunque no todos los autores se ponen de acuerdo sobre estas cifras y hay quien eleva la cosecha de algunas plantas hasta las 17.000 simientes. Sea como fuere, en esta proliferación radica una de las principales ventajas del yute de China. Las semillas son enormemente longevas y mantienen un alto grado de latencia, de manera que pueden esperar incluso cuarenta años a que se den las condiciones adecuadas para germinar. Eso sí, una vez que encuentran el entorno favorable, las plantas crecen con rapidez y en pocos días superan en tamaño a todas las hierbas de los alrededores, al tiempo que desarrollan unas grandes hojas necesarias para compensar tan enorme gasto de energía. Acaparan así la mayor parte de los recursos disponibles, ya se trate de agua, nutrientes o luz solar.

El cantarillo se ha cultivado en China desde tiempos remotos para aprovechar su fuerte fibra vegetal. Los primeros vestigios se remontan al año 2000 antes de Cristo, pero todavía hoy es una planta apreciada por sus cualidades textiles en China y Rusia. Proporciona una larga fibra de color blanco, lustrosa y de suave textura. Su resistencia y flexibilidad le han conferido utilidades similares a las del yute (Corchorus capsularis) y eso explica uno de sus nombres vulgares. Aunque se ha aprovechado sobre todo para trenzar cuerdas, también puede usarse en la fabricación de papel. Estas aplicaciones justificaron que se cultivara en Inglaterra y Estados Unidos en el siglo XIX, si bien no llegó a tener éxito (3).

Finalmente, también se ha aprovechado como planta comestible, aunque nunca ha contado con demasiados seguidores. En cualquier caso, sus duras semillas son consumidas en China y en la vecina región india de Cachemira, lo que justifica otro de sus nombres vulgares. Quizá el olor afrutado que despiden sus flores y hojas pueda atraer a quienes gusten de manjares exóticos. No en vano, sus grandes hojas son comestibles y algunos aseguran que, fritas o en tortilla, resultan un manjar exquisito.

Bibliografía


 (1) Castroviejo, S. y otros autores (1993). Flora Ibérica. Plantas vasculares de la Península Ibérica e Islas Baleares, Vol. III: Plumbaginaceae (partium) – Capparaceae. Real Jardín Botánico (CSIC). Madrid.
(2) Sanz Elorza, M. (2006). La flora alóctona del Altoaragón. Flora analítica de xenófitas de la provincia de Huesca. Gehemar, S.A. Segovia.
(3) Maiti Maiti, R. (1995). Fibras vegetales en el mundo. Aspectos botánicos, calidad y utilidad. Editorial Trillas. Méjico.