Las amapolas (Papaver rhoeas) han desarrollado numerosas ventajas adaptativas que favorecen tanto el crecimiento rápido como la alelopatía, o capacidad para desplazar a posibles plantas competidoras.

 

Aunque es una escena que se repite todos los años, la aparición repentina de las amapolas nunca nos deja indiferentes. Su llamativa explosión bermeja inunda terraplenes y campos de cultivo, a los que confiere una apabullante belleza. Sin embargo, pocos saben que la amapola se escuda en innumerables tretas y secretos para sobrevivir.

No cabe duda de que la amapola (Papaver rhoeas) se aprovecha de las buenas prácticas del agricultor para medrar, por lo que ha sido históricamente vilipendiada. Pero también ha habido quienes supieron aprovechar sus mejores cualidades, lo que ha hecho que fuera apreciada en farmacopea y se le dieran muchas otras utilidades. No hay más que reparar en sus numerosos nombres vulgares para captar la importancia que ha tenido siempre para el hombre. En la península ibérica, sin ir más lejos, se han contabilizado hasta sesenta denominaciones. Algunos nombres castellanos, como ababol o amapol, derivan de su nombre más común, amapola. En catalán se la conoce como rosella y gallaret; en gallego como mapoula, papoula, ababa y buxaga; en vasco como emapola, lobedarra, melingorri y mitxoleta; y en portugués como papoula. Pero, de todos sus nombres vulgares, quizá sea “frailes y monjas” el que más destaque. Hace referencia a un antiguo juego que consiste en adivinar el color de los pétalos aún sin formar, “monjas” si son blancos y “frailes” si son rojos (1).


El nombre dado por los científicos, Papaver rhoeas, es muy diferente y delata su pertenencia a la familia de las Papaveráceas. El nombre genérico proviene de papaver, término latino de origen celta cuyo significado era “papilla”, en alusión al uso que se le daba para hacer dormir a los niños. El específico rhoeas procede del nombre de esta planta en la Roma clásica.

Colores atractivos

La amapola es una especie anual cuyos tallos herbáceos llegan a medir 70 centímetros de altura. Pueden ser simples o estar ramificados en su parte superior, pero siempre aparecen cubiertos de pelos rígidos. Sus escasas hojas son también pubescentes y están muy divididas. Las flores surgen solitarias, al final de los tallos, y están compuestas de cuatro pétalos de color rojo vivo, a veces con manchas oscuras en su base.

No por conocida deja de ser una coloración peculiar, pues los matices que dominan en los campos ibéricos son el azul y el amarillo. No se trata, desde luego, de un hecho casual, ya que ambos colores son llamativos para los ojos de los insectos. Algo que no ocurre con el rojo, que les resulta invisible. Sin embargo, las flores de la amapola, vistas en el espectro del ultravioleta, que sí perciben los insectos, esconden dibujos que les orientan hacia los estambres, donde hallarán su recompensa. El empleo de esta curiosa técnica contrarresta el uso de un color en principio inadecuado para las primaveras de nuestras latitudes. Diferenciarse del resto de las hierbas y servirse de otras estrategias ofrece una gran ventaja competitiva.

En efecto, la amapola vuelve a ser diferente de la mayoría de las especies vegetales polinizadas por insectos, pues carece de nectarios y, por lo tanto, no puede producir néctar. Pero, sabedora de la importancia de suministrar alguna recompensa a sus celestinos insectos, les cederá parte de su polen, lo que origina ciertos gastos extra. Abejorros, abejas y otros insectos se proveerán del nutritivo alimento en sus flores y, sin darse cuenta, las polinizarán al mismo tiempo. La amapola ha desarrollado esta técnica de atracción muy eficazmente y con sus tretas consigue reclamar la atención de sus polinizadores en muy pocas horas.

De hecho las flores son efímeras y, en condiciones normales, sólo duran un día. También cuentan con un sistema que impide la autopolinización, lo que otorga mayor importancia a la necesidad de atraer a una gran cantidad de insectos en el menor tiempo posible. Aunque siempre surgen oportunistas que pretenden aprovecharse de la comida fácil. Por ejemplo, algunas abejas más glotonas intentarán acaparar todas las reservas disponibles de polen, lo cual sería perjudicial para la amapola. Pero un nuevo ardid impide que esto suceda. Los insectos más ansiosos se verán afectados de cierta ebriedad, pues el polen de las amapolas posee un ligero efecto narcótico. Algunas investigaciones señalan que el 90% de las abejas que vuelven de un campo de amapolas tienen dificultades para encontrar la entrada de su colmena. La moderación parece ser la clave para llegar sanas y salvas (2).

Rápida y sedante

En cuanto al sustrato, la amapola crece sobre todo en los terrenos de cultivo, especialmente de cereal, así como en taludes y bordes de caminos. Es capaz de subsistir en las épocas más inadecuadas gracias a que sus abundantes semillas (una sola flor puede generar hasta 3.200) tienen la capacidad de permanecer en el suelo a la espera de condiciones favorables. Cuando por fin aparecen, las semillas despiertan de su letargo y comienzan a desarrollarse rápidamente. Tras un breve periodo, al amparo de las ventajas de la primavera, se convertirán en plantas adultas que no tardarán en dar flores. Estas flores continúan con la vertiginosa carrera y consiguen en tan solo un día su ansiada fecundación. En poco tiempo se forma el fruto, en forma de cápsula, y, una vez maduro, diseminará miles de semillas con ayuda del viento.

Otra treta de la amapola consiste en dispersar ciertas sustancias tóxicas por el terreno donde crece, con las que elimina a sus potenciales competidores. Esta estrategia, conocida como alelopatía, impide o dificulta el desarrollo de otras hierbas a su alrededor. Una sola amapola segrega sustancias capaces de suprimir toda planta de trigo en un diámetro de 50 a 60 centímetros y de ahí que no sea bien vista por los agricultores.

En cualquier caso, los principios activos de la amapola son numerosos y entre ellos destacan los alcaloides roeadina y papaverina, empleados para combatir el insomnio. Laguna recomienda la siguiente receta (3):

Cocerás cinco o seis cabezuelas de aqueste papaver en tres ciatos de vino, hasta que se reduzcan a dos, y darás a beber tal cocimiento a los que quisieres que se adormezcan.”

Otro uso de sus flores, hoy en día poco conocido, es aprovechar el pigmento rojo de los pétalos para tintar el vino y teñir lanas. En Marruecos todavía puede verse cómo las mujeres se colorean los labios con este pigmento. De su nombre más extendido, “amapola”, y del color de sus flores procede el bello término castellano, casi desaparecido, de “amapolar”, que significa pintar de rojo las mejillas o ruborizar. Desde aquí reivindicamos su uso.

Bibliografía


(1) Villar, L. y otros autores (1987). Plantas medicinales del Pirineo aragonés y demás tierras oscenses. CSIC y Diputación de Huesca. Huesca.

(2) Howes, F.N. (1953). Plantas melíferas. Editorial Reverté. Barcelona.

(3) Laguna, A. (1999). Pedacio Dioscórides Anazarbeo, acerca de la Materia Médica medicinal y de los venenos mortíferos. Biblioteca de Clásicos de la Medicina y de la Farmacia Española (edición facsímil). Editorial Médica Internacional. Madrid.