El diseño singular de hojas de la lechuga es la clave
de suresistencia a los ambientes pobres y secos.

Con un ciclo biológico que difiere de muchas de las hierbas con las que convive y otras peculiares adaptaciones, la lechuga silvestre (Lactuca serriola) ofrece una gran resistencia a su entorno. Dentro de estas ventajas destaca la creación de principios tóxicos que protegen a esta planta de sus depredadores, sustancias que han sido empleadas a lo largo de la historia por el hombre en múltiples aplicaciones.

Aunque nunca destacará por su belleza entre el resto de plantas, la lechuga silvestre posee unas apasionantes adaptaciones a los medios más hostiles. La planta de este mes es además el origen de una conocida hortaliza, fuente de sustancias medicinales, protagonista de hechizos brujeriles e ingrediente de recetas anafrodisíacas, hechos que la convierten en una de las hierbas comunes más interesantes de nuestro entorno. Una peculiar planta que habita en áreas perturbadas, cunetas, lugares baldíos, vías férreas y riberas secas; su alta resistencia a la sequía le permite soportar altos niveles de salinidad, por lo que podemos localizarla incluso en las dunas costeras.

La lechuga silvestre (Lactuca serriola) es nativa de Europa, Asia templada y África. Sin embargo, en la actualidad se ha naturalizado en Norteamérica y algunos países de Sudamérica, llegando a catalogarse como planta invasora (1). Como en muchas ocasiones, su nombre científico nos da alguna pista sobre sus características. El nombre Lactuca, proviene de la palabra latina lactis (leche), por ser plantas que contienen un abundante jugo lechoso (látex); el específico serriola, se refiere como veremos a sus hojas aserradas.

Todo un arsenal defensivo

Esta hierba es de ciclo anual o bienal. Su altura puede superar con facilidad el metro y medio, distribuyendo sus escasas ramas a lo largo de toda la planta. Sus hojas son rígidas, sentadas (sin peciolo), aserradas y con un marcado nervio central. Las hojas inferiores normalmente poseen formas muy lobuladas. Destaca la abundante espinosidad en toda la planta, tanto en las ramas como en las hojas. Su floración con escasos capítulos (margaritas) amarillo pálido, se organiza en una panícula más o menos piramidal que surge durante los meses de verano. Tras la floración se forman los frutos en aquenios, estos dotados de vilanos en forma de paracaídas les permite emanciparse a grandes distancias de su progenitor, con la única ayuda de la brisa ligera (anemocoria). La lechuga silvestre destaca por su promiscuidad, pues algunos estudios han podido determinar que un solo ejemplar ha sido capaz de producir hasta 27.900 semillas (2).

Como muchas otras hierbas de la familia de las compuestas, la lechuga silvestre ha desarrollado unas peculiares adaptaciones capaces de otorgarle cierta ventaja frente al resto de sus competidores. Resalta el hecho de que sus hojas están dispuestas en planos verticales y orientadas norte – sur. El propio Pío Font Quer describe los beneficios de esta singular disposición:

“De esta manera soslaya la acción de la luz demasiado intensa del sol de mediodía, y solo recibe luz difusa o los rayos solares de las primeras horas de la mañana o del atardecer” (3).

Debido a esta curiosa organización se conoce también a esta planta con el nombre de “planta brújula”. Estas adaptaciones junto con el recubrimiento céreo y el color glauca (gris) de sus hojas, le permiten crecer sin dificultad durante todo el verano sin echar en falta la limitación hídrica que existe en su entorno; mientras la mayoría de las especies que comparten su hábitat se agostan para sobrevivir al largo y duro estiaje típico del clima mediterráneo.

Si bien, ser el único en permanecer verde durante el estío -aunque tiene sus ventajas- le otorga cierto riesgo al ser un blanco fácil de los herbívoros. Por ello, la lechuga silvestre debe tomar ciertas precauciones; de ahí que lo primero que se perciba al acercarse a esta planta es un desagradable olor que hace perder el apetito al más hambriento. Pero por si esto no fuera suficiente, sus tallos y hojas se arman de las citadas e innumerables espinas. Pero nunca mucha precaución es poca, parece razonar nuestra protagonista que no se conforma con su protección física reforzando sus defensas al generar ciertas sustancias tóxicas y amargas. Estas sustancias pueden ocasionar en animales y personas un cuadro tóxico complejo con síntomas tales como náuseas, taquicardia, cefalea, vértigo y, finalmente, paro cardíaco (4). Incluso su látex puede resultar algo tóxico por el simple contacto. Un hecho sorprendente si pensamos que esta especie es el origen de la lechuga comestible. Siglos de cultivo y selección han ido eliminando las sustancias tóxicas y amargas hasta alcanzar las variedades que hoy consumimos en nuestras ensaladas.

Venenosa y estimulante

La lechuga silvestre posee además una larga historia como planta medicinal. Ya en la antigua Roma, Plinio el Viejo señaló que la lechuga silvestre contiene un jugo de propiedades soporíferas. El Lactucarium u “opio de la lechuga”, látex reducido a una masa gomosa, produce efectos psicotrópicos (hipnóticos o sedantes) similares al opio. Esta sustancia debido a sus buenas cualidades fue incorporada a la farmacopea en 1810 (5).

Estas propiedades hicieron que fuera ingrediente en algunas pócimas y ungüentos de las brujas medievales (6). Incluso hay quien asegura que estos principios psicoactivos eran vertidos en la marmita de los galos, pues parece que podría haber sido uno de los misteriosos ingredientes del brebaje fantástico de los druidas, donde Asterix pudo beneficiarse de sus cualidades mágicas (7).

Antiguamente la lechuga tenía fama de anafrodisiaca, lo que hizo que fuera componente habitual en la dieta de los monasterios y consumida con fruición en los monjes temerosos de su falta de control del apetito carnal. Un hecho que relata muy gráficamente Andrés Laguna en su Materia Medica

“… ataja los sueños venéreos, y reprime el desordenado apetito de fornicar” (8)

Sin embargo, lo que Laguna y estos religiosos desconocían es que en función de la dosis puede provocar el efecto opuesto elevando la lívido, lo que debió de ocasionar involuntariamente más de un inconveniente entre los monjes.


Bibliografía


(1).- Quiroz, L. C. et al (2009). Manual de plantas Invasores del Centro – Sur de Chile. Universidad de la Concepción (Chile).

(2).- Halvorson, W. L. / Guertin, P. (2003). Lactuca serriola L. U. S. Geological Survey. National Park Service. University of Arizona. Tucson (Arizona).
(3).-Font Quer, P. (1960). Botánica Pintoresca. Editorial Ramón Sopena. Barcelona.
(4).- Mulet Pascual, L. (1997). Flora tóxica de la Comunidad Valenciana. Diputació de Castelló. Onda (Castelló).
(5).- Ott, J. (1996). Pharmacotheon. Drogas enteógenas, sus fuentes vegetales y su historia. Los libros de la liebre de marzo. Barcelona.
(6).- Gómez Fdez., J. R. (1999). Las Plantas en la Brujería Medieval (Propiedades y Creencias). Colección Divulgadores Científicos Españoles. Celeste Ediciones.
(7).- Escohotado, A. (1999). Historia general de las drogas. Editorial Espasa Calpe. Madrid.
(8).- Laguna, A. (1999). Pedacio Dioscórides Anazarbeo, acerca de la Materia Médica Medicinal y de los Venenos Mortíferos. Biblioteca de Clásicos de la Medicina y de la Farmacia Española. Edición Facsimil.