Milamores, disparates de jardines, hierba de San Jorge y valeriana roja (1) son los nombres vulgares más empleados para referirnos a esta planta. En foros más científicos se preferirá su denominación latina: Centranthus ruber. Pero, antes de contar algunas de sus intimidades, es preciso conocer su aspecto. Se trata de una hierba perenne, erguida y de gran tamaño, que puede alcanzar los 1’20 metros de altura. Sus tallos, de textura cérea y aspecto algo carnoso, emergen de un oculto rizoma subterráneo. Las hojas son enteras (no divididas en foliolos), opuestas y de color verde apagado, cercano al gris. Es conocida por ser muy variable en cuanto a forma y tamaño, lo que depende de la edad, la calidad del sustrato y otras características ambientales. Sin lugar a dudas, el rasgo más llamativo de esta especie son las inflorescencias, que surgen durante prácticamente todo el año. Aunque es sabido que será allá por San Jorge, el 23 de abril, cuando las flores sean más abundantes y de ahí el nombre vulgar que hace referencia al citado santo.

Pero acerquémonos más y observemos la inflorescencia con mayor detenimiento. Cada florecilla posee una larga protuberancia, el espolón nectario, rasgo al que alude la áspera denominación científica de la especie y que la diferencia de otros representantes de la familia de las Valerianáceas (2).

El extraño nombre del género procede, a su vez, de dos términos griegos: kentron, que significa “espuela”, y anthos, “flor”; es decir, algo así como “flor con espuela” en clara alusión al espolón nectario. El nombre específico, ruber, también alude a otra característica de las flores y no deja lugar a dudas sobre el predominio del color rojo, aunque también pueden ser rosas e incluso blancas. Estas flores desprenden además un agradable perfume y son muy valoradas por los insectos. Estrategias, todas ellas, orientadas a atraer a un grupo concreto, el de las mariposas, y, de hecho, veremos que allí donde crecen los milamores también abundan los lepidópteros. Y es que el largo espolón impide que otros insectos accedan al preciado néctar, reservado para la larga espiritrompa de las mariposas.

Centranthus ruber
Viajeras y resistentes

Pero, en su afán por sobrevivir y perpetuarse, esta planta recurre a otra eficaz estrategia que ha facilitado su dispersión. Tras asegurarse la polinización gracias a la recompensa del néctar, surgirán un gran número de semillas diminutas. Simientes dotadas de un curioso sistema de navegación, algo así como una vela compuesta de innumerables pelillos sedosos (vilano), recorriendo largas distancias transportadas por la brisa a la conquista de otros territorios.

Parece que pudo ser esta estrategia, aunque favorecida por el hombre, la que ha hecho del milamores una planta invasora en otras partes del planeta con similares condiciones ambientales. Ha llegado a colonizar destinos tan sorprendentes como Australia, América del Norte e incluso las zonas altas de las islas de Hawai. Un hecho sorprendente, pues no olvidemos que Centranthus ruber es una planta nativa de la región mediterránea.

Los milamores tienen éxito allá donde van. Soportan sin dificultades suelos pobres y ambientes calurosos, aunque resultan más competitivos en regiones de clima húmedo y suelo fértil. Así pues, son frecuentes en descampados, cunetas y bordes de caminos, en carreteras y vías del tren, sobre muros y ruinas, pero siempre en los alrededores de las poblaciones. Preferirán suelos calizos, aunque no tienen por qué ser exclusivos de éstos. La posesión de un poderoso rizoma, donde acumulan agua y sustancias de reserva, les permiten soportar sin dificultad las estaciones más secas. Llegan incluso a resistir los azotes de salitre en áreas soleadas en primera línea de playa.

Ornamental, medicinal y ¿afrodisíaca?

El hombre se ha interesado por esta planta desde antiguo. Así, el curioso nombre de “disparates de los jardines” alude a su uso más frecuente, el ornamental. Las cualidades estéticas de los milamores ya fueron reconocidas por los jardineros medievales (3). Además, su alta capacidad de resistencia a la sequía hace que sea una especie interesante para la jardinería sostenible. Aunque, como es planta potencialmente invasora, recomendamos cierta prudencia a la hora de plantarla en jardines cercanos a áreas naturales.

También era una planta bien conocida en las boticas, donde se usaba de forma similar a su prima la valeriana (Valeriana officinalis), motivo por el que la sabiduría popular le otorgó el nombre de “valeriana roja”. Su raíz se ha utilizado como tranquilizante en el tratamiento de las alteraciones nerviosas, al ser rica en compuestos sedantes y antiespasmódicos. Las hojas se han usado desde siempre para combatir el escorbuto (carencia de Vitamina C) y en algunos lugares todavía se comen en ensalada.

Finalmente, a los descarrilados en amoríos y aficionados al ligoteo quizá les sea útil saber que el nombre de “milamores” parece referirse a sus propiedades afrodisíacas, pues sus hojas han sido ingrediente básico de bebedizos y pócimas, aunque mucho nos tememos que de poca transcendencia. ¡Quién nos iba a decir que entre descampados y cunetas encontraríamos remedio al mal de amores!

Bibliografía


(1) Ceballos Jiménez, A. (1998). Diccionario ilustrado de los nombres vernáculos de plantas de España. Andriala. Madrid.
(2) Castroviejo, S. y otros autores (2007). Flora Ibérica. Tomo XV. Real Jardín Botánico (CSIC). Madrid.
(3) Guillot Ortiz, D. (2009). Flora ornamental española: aspectos históricos y principales especies. Monografías de la revista Bouteloua, nº 8. Jaca (Huesca).